
Y es que los novios (siempre hay excepciones) no pisan la iglesia desde que hicieran la primera comunión y lo más cerca que han estado del sentimiento religioso es cuando pelan la gamba en la cena navideña. Y entonces comienzan las distintas alternativas.
- Por la iglesia es mucho más vistoso, desde luego, y los padres se van a quedar más contentos que unas castañuelas
- Por el juzgado es menos formal, no tiene la gravedad de la religión y no tienes que soportar el curso prematrimonial, que en algunas iglesias pretenden que no te saltes ni una clase y no aceptan excusas tipo “tengo mucho trabajo”, “salgo muy tarde”, etc (¡es que son insaciables los curas católicos!)
- Por el rito gitano. Este sí que es vistoso y además dura unos cuantos días que dan para mucha juerga, pero tiene el inconveniente de que hay que pertenecer a la raza calé para que te dejen celebrarlo por esta vía.
- Otra opción más pintoresca pero poco explotada es organizar un viajecito a Nevada y casarse en una capillita rosa de Las Vegas disfrazados de Elvis y Dolly Parton, aunque resulta difícil convencer a la familia y amigos de que además del sobre, paguen el avión, el hotel y las apuestas en el casino.
- El rito balinés ha ganado adeptos entre el famoseo patrio pero hay que disponer de una billetera amplia y generosa.
Después de todas estas divagaciones, la cosa está entre la primera y la segunda opción pero aún así no deja de ser difícil decidirse. Si eres de Madrid, lo puedes tener más claro, los juzgados de Pradillo están masificados y son muy desangelados: salas mínimas, lectura cortísima y puntualidad administrativa no invitan a nadie. Claro que siempre puedes buscar un pueblecito rústico y envejecido, porque te casan en el ayuntamiento, que suele ser un lugar entrañable, y no hay problemas de fecha, porque hace mucho que nadie se casa allí. Mientras, la iglesia es más complicado, hay tanta demanda que no puedes elegir fecha a no ser que duermas en la cola de espera el día antes de comenzar las adjudicaciones (¡parece que regalan pisos!) sobre todo si se te antoja un templo histórico, con solera o de valor artístico, entonces se pone realmente difícil y tienes que aceptar una fecha ¡a dos años vista! (ni el Bulli, oiga).
Una vez tomada la gran decisión, hay que seguir adelante… en el siguiente post (o blog o como quiera que se llame)
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