Una de las cosas que tenemos en común todas las culturas sin excepción, es la manera de celebrar un evento cualquiera. Todo asunto que se precie, desde un negocio hasta un cumpleaños pasa por la ingesta de comida, demasiada en general, y si no eres capaz de ofrecer a tus invitados un ágape como es debido, serás la protagonista de todos los comentarios maliciosos y recordarán ese día por lo mal que comieron. Así las cosas, hay que realizar un esfuerzo considerable para encontrar el lugar idóneo y el menú perfecto, no importa a qué precio (están los sobres de respaldo), siempre que pueda decirse que aquel día comimos como reyes en un marco incomparable (¡toma tópico!).
En los últimos 20 años los menús y los “marcos incomparables” se han sofisticado mucho. Yo recuerdo cuando de jovencita iba a muchas bodas familiares (demasiados primos contabilizados) que había cuatro entrantes, dos primeros platos, dos segundos, tres postres y cigarrito para ellas, puro para ellos; salías de una boda lista para mantenerte sin problemas durante una semana y luego te tenías que poner a régimen todo el mes siguiente. La merluza en salsa verde y el filete de boda (cortado en finísimas lonchas y con salsa marrón, ¡of course!) eran los platos fuertes después de los insustituibles langostinos con mayonesa y antes de la tarta, el helado, el sorbete, el café, el cigarro y la copa. Esto ya ha quedado “demodé”, no es tendencia. Ahora es mucho más elegante ofrecer menos platos pero más elaborados (o eso pretenden) y degustar alguna receta de la tierra siempre es muy aplaudido. Claro que toda esta sofisticación supone un coste muy elevado. El cubierto sale más caro que si te vas a cenar al restaurante más chic de Madrid, pero con el inconveniente de que cocinan para un regimiento y las cantidades excesivas siempre desmerecen las viandas. Al pobre invitado no le queda más remedio que rellenar su sobre con lo que considera que valdrá su cubierto quedándose con la incertidumbre de si se habrá quedado corto y le considerarán un tacaño, o se habrá pasado de largo y entonces será tenido por un ostentoso. ¡Difícil decisión!
Y luego está el después de. Si es una boda de tarde siempre es más fácil, das de cenar al personal y luego unas copas. Si es una boda de mañana, es más complicado, porque a las seis de tarde, con las barrigas a rebosar, el maquillaje brillante y las corbatas flojas no quedan ganas más que de echarse una siesta a paliar los efectos del vino. Los que viven cerca pueden irse a su casa a hacer tiempo antes de la imperdonable salida nocturna (aún a riesgo de que la pereza les impida volver) pero los que no tienen esa suerte, ¿qué hacer con ellos? Reservar un hotel, el salón, un pub o algún sitio donde nos permitan seguir el festejo con la novia vestida de tal (que ya que le ha costado un pastón y está tan estupendamente guapa no se va a quitar para irse de copas) lo que supone otro gasto añadido, por no hablar de barras libres, discoteca móvil, tuna u orquesta (puafffff!!!!!!) .
Y queda lo del autobús, porque desde que la DGT da consejos tan certeros sobre los inconvenientes de conducir después de beber (yo añadiría el comer) en exceso, los novios concienciados contratan un autobús para desplazar al personal de un sitio a otro y entonces te sientes como un excursionista del inserso con hora exacta de vuelta a casa.
¿Acaso alguien no ha quedado seducido por semejante plan? Esto explica muchas cosas, pero sobre todo la gran afición que hay en este país y en cualquier otro por ir de boda. Con esto me pasa como con el fútbol, que por más que lo intento, no acabo de verle la diversión.

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