
Como ya decía el otro día, a Nieves ya no le vamos a quitar de la cabeza la locura de casarse, pero para las que quedan aún podemos intentarlo. Consciente soy de lo harto difícil que puede ser, de lo arraigada que está esta costumbre, de la incomprensible ilusión que despierta en el imaginario femenino (los hombres, menos fantasiosos, se suelen dejar llevar por la inercia o por la novia); pero dado que yo misma soy mujer y nunca me he dejado engañar por la parafernalia y el boato de este tipo de celebraciones (incluyo comuniones y bautizos, aunque con menos insidia, puesto que uno está menos expuesto a esta clase de invitaciones)no descarto la posibilidad, por pequeña que esta sea, de que alguien más se una a mi causa.
Pero empecemos por el principio, ¿para qué se hace una boda? Los motivos más esgrimidos por los contrayentes son del tipo “queremos celebrar nuestro amor con familia y amigos…”, “queremos compartir la felicidad que sentimos con….” “queremos oficializar nuestra relación…” y así hasta el infinito. Pero ¿realmente se lo creen?
Seamos sinceros, la gran mayoría lo hace por razones mucho más pedestres, como “…tenemos que amueblar la casa”, “…qué buen momento para hacer un viajecito…” o “vamos a aprovechar esos 15 días que nos regala la empresa…”. Pero no nos engañemos, estas razones son tan buenas como las primeras, probablemente más sinceras, pero es que en muchas ocasiones ni siquiera son las únicas. Hay gente, perdón, quería decir mujeres, que se empeñan en celebrar una boda porque quieren tener acceso a aquello que Warhol (creo que era él) llamaba “los 15 minutos de gloria” aunque sea en el ámbito, reducido por cierto, de la familia y los amigos. ¿Cuándo si no, una puede tener ocasión de calzarse un vestido de princesa de cuento, un peinado barroco o un maquillaje excesivo mientras oye repetidas veces lo guapa que está? La vanidad femenina no puede resistirse a hacer realidad su fantasía infantil más arraigada. Mientras, los hombres, con esa languidez que les caracteriza en ciertos momentos, se dejan llevar por el deseo caprichoso de su pareja, con la esperanza de que ese día tan señalado le dejen en paz y puedan disfrutar de una juerga con los amigos y el alcohol sin oír reproches ajenos.
Lo cierto es que este empeño tan pueril de vivir el día más feliz de la vida de una (¿?) no es cosa fácil y a más de dos, cuando ya se han metido en el berenjenal de la organización del evento, les dan ganas de mandarlo todo al carajo, con perdón, y se arrepienten una y mil veces de haberse metido donde nadie les llamaba. Y es que organizar un bodorrio no es cosa baladí, de hecho, proliferan las empresas dedicadas a hacerlo en lugar de los novios, siempre que se esté dispuesto a desembolsar una buena cantidad de dinero. Pero si no se dispone de tanto, o uno no cree que lo vaya a recuperar (o lo quiere reservar para otros menesteres) con los sobres que los invitados entregan el día en cuestión, debe encargarse personalmente de un buen puñado de cosas, superfluas la mayoría de las veces, con el objetivo de conseguir lo imposible: la perfección. Y eso, lo siento chicas, no existe. Siempre ocurre algo que lo impide, como la lluvia, el frío, la rueda que se pincha, el cura que no llega, el kilo de más que impide que el dichoso vestido quede impecable, el grano mamón o la odiosa calentura que ha salido por los nervios… y tantas sandeces que necesitaría todos los megas del blog para enumerarlos.
Seguiré en el siguiente post.